sábado, 1 de agosto de 2009

Una mujer andaba lentamente, con pasos cortos por la vía, meneando un poco las caderas. No era muy jóven, pero si algo madura, un poco chapada a lo antiguo. Vestía con sombrero muy extravagante, y andaba con aires de superioridad, miraba por encima del hombro, y siempre, según su rutina, cada vez que iba a coger el transporte público, para llegar a su casa, se compraba un bolsita de galletitas saladas y un zumo de naranja. Tal era su manía que un buen día, cuando iba de camino a la parada de autobus que la llevaba a su urbanización, entró en una tienda y consiguió una bolsa de gallellitas y un pequeño zumo. Cuando lo hubo conseguido, se dirigió a la parada y se sentó. Cuando iba a entrar la mano en su bolso donde guardaba sus aperitivos, un muchacho se acercó. Ella lo miró mal, pues era de otro color de piel. "¡¡¡Un negro!!!" pensó alarmada. Se quedó muy nerviosa, aunque consiguió calmarse porque el muchacho le sonrió. Pero tal fue el descaro del chaval, de sentarse a su lado, que ella empezó a ponerse más nerviosa aún. Lo empezó a mirar mal. Intento calmarse buscando la bolsa de galletitas, pero ya la había sacado. Cogió una galletita y se la comió, la saboreó y para asombro de la mujer, el muchachino cogió otra galleta. Ella empezó a enfadarse, pero no se atrevía a encararse con él. Estuvieron bastante tiempo así, comiéndose una galleta tras otra cada uno, hasta que finalmente sólo quedaba una galleta. La mujer miró al muchacho, y el muchacho también la miró. Con un gesto de la cabeza el muchacho permitió que la mujer acabará con la última galleta. La mujer empezó a comerse la galletita y miró a su alrededor, veía ahora muchos inmigrantes a su alrededor: una mujer china, más negros, marroquíes... La mujer empezó a obsesionarse....


Pero por fin, llegó el autobus, la línea 12 de la ciudad se paró. Cuando la mujer ya se encontraba dentro del autobus, comenzó a pensar en todo lo que había ocurrido. Nunca le había pasado algo parecido, pero se empezó a clamr. Cuando entró la mano en el bolso para buscar el teléfono móvil, se encontró con algo que no esperaba: una bolsa de galletitas perfectamente envasada. No podía creerlo, ¿de quién era entonces aquella bolsita de galletitas que se había merendado con el extranjero? Por supuesto la respuesta estaba clara: la bolsa de galletitas no era de la mujer, si no de aquel negrino, que amablemente acogió de buen grado compartir sus galletas.